Los
paseos por el campo ponen en evidencia la abismal diferencia ontológica entre
el “ello” y el “tú”. Una diferencia que se expresa vivamente en la comunicación
y en la base de esta, el trato.
Por
su esencia no es lo mismo, ni puede serlo, tratar con cosas (“ello”), que con
personas (“tú”). El trato con la persona es de escucha y habla. El otro yo,
como ser autónomo, es un fin en sí mismo
y tiene una perspectiva única que, cuando interactúa con la mía, ha de ser afrontada
en forma de diálogo.
El
diálogo es la asunción de la necesidad de ver al otro, de tenerlo en cuenta, de
respetarlo y escucharlo evitando dominar su discurso con prejuicios que,
inevitablemente, estarán ahí, conformando nuestra previa, cultural e
instantánea manera de interpretar el mundo. Y este trato ha de extenderse, si
queremos que el ser humano se desarrolle lo más plenamente posible, a todos los
órdenes de la vida: la persona como fin en el ocuparse, en el habla, en el
trabajo, en la coexistencia y la convivencia. Y si hay una labor en la que este
trato cobra suma importancia es en la educación.
Es
el niño la máxima representación humana de la libertad aún no consciente de sí,
el recipiente en el que la Historia de su tiempo vierte en forma de valores,
conocimiento, costumbres, ideales y anhelos los ingredientes de la persona, de
la sociedad futura.
El
maestro, el profesor, tiene en sus manos no ya a un sujeto, sino a un sujeto
por hacer, lo que exige una
responsabilidad mayúscula.
Soy
responsable de y con algo (ello) cuando lo cuido, cuando actúo conforme a su
naturaleza, y en ese “cuidar” lo ubico en el universo entero que lo rodea
tomando en cuenta el propio objeto y el resto de coexistentes. El “cuidado” del
objeto tiene en vista su uso, que es el imperativo existencial de las cosas. El
“ser para”. Los objetos son siempre “otro para otro”, que lo percibe o lo planea.
Sin
embargo, los niños son sujetos, nunca entendibles como un “para”, ya que su
autonomía los aleja absolutamente del uso. Un niño es un fin en sí como persona
pero, además, una tarea titánica para el maestro: la del acompañamiento en su
crecimiento personal. Ese camino en el que la adquisición de conocimientos
(intelectuales, emocionales) y estrategias van conformando la conciencia del
mundo y del yo, la autoconciencia, sin la cual serían imposibles la autonomía y
la elección personal que esconden la semilla de la libertad.
La
conciencia de uno mismo y de los demás como seres autónomos interrelacionados
en la existencia propicia una imagen del mundo vital en el que estamos inmersos
en cada caso, así como la concepción de un universo de posibilidades futuribles
o fantásticas (a veces la utopía es un futurible). El marco que encuadra tal
imagen constituye el límite de nuestra libertad. De ahí el valor de la acción
magistral.
El
magister, el profesor o enseñante tiene en sus manos una varita mágica y un
enorme cajón de potenciales, que son sus alumnos. Cada uno de ellos diferente.
Todos humanos.
La
profesión docente requiere un amor profundo a la persona y a la humanidad,
porque solo desde ese amor es posible mantener el esfuerzo y la ilusión que
mueven cada día el diálogo profesor-alumno. La vocación se colma, entonces, en el desarrollo personal del alumno, de las
generaciones de alumnos, de la sociedad en crecimiento, de la Historia. El
objeto de la misma es el sujeto en desarrollo. De ahí que el llamado a la
docencia vea cumplido su destino en la docencia misma. De tal manera que ella
se convierte también en un fin, y no en un sustituto de lo que no pudo haber sido o en un simple medio para
sobrevivir.
Por
eso pido a todos aquellos que en algún momento se plantearon dedicarse a la
enseñanza, valoren a esta en toda su inmensidad. Y con ella ante los ojos, con
una mirada desinteresada y responsable, se empleen en la tarea de discernir
medios y fines. No sea que, equivocando unos y otros, acaben usando personas
para llenar panzas, devorando el futuro en un menú para niños.