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domingo, 28 de febrero de 2021

La perspectiva como desvelamiento

 

            La asunción de la perspectiva como foco de representación no equivale a la afirmación del escepticismo. Antes bien, con la aceptación del universo fenoménico como conjunto de mundos que aparecen a los sujetos en sus diferentes modos de aprehensión, asistimos a la constatación de que no es posible, ciertamente, conocer de una vez por todas y de modo estático el ser en todas sus manifestaciones, pero que en cada una se ofrece, se da, de alguna manera, al modo que el molde o perspectiva le impone.

              El “more geometrico” cartesiano da a luz un mundo claro y perfilado que prescinde de la sinuosidad y el vértigo de la problemática representación propia de Nietzsche o Schopenhauer. El uso o la eficacia como criterio de verdad de la sociedad tecnológica compiten con la ingenua realidad lúdica del niño. Mas la existencia se muestra en todas, pues en todas se hace posible el desvelamiento, la aletheia.

              Ortega, Descartes, Nietzsche, Parménides, Dogen y Hegel cobran sentido en esta común-unión. Es ahí donde el original “sin pensar”, dando un paso más acá del cogito cartesiano o del sujeto trascendental kantiano, pone entre paréntesis, en el más puro ejercicio de epojé fenomenológica, el acto mismo del pensar, enfrentando los infinitos universos que del torrente vital proporcionan los múltiples y variables puntos de vista.

        La historia de la razón o la razón en la historia. La superposición de filosofías no deja tras de sí un rastro de frustración, sino la huella de los pasos que sintieron, gozaron y pensaron, de algún modo y para siempre, la existencia.



sábado, 6 de febrero de 2021

 Asistimos a la vida como si de un ensayo se tratara. Como si no fuera importante. Como si hoy tuviera mañana una segunda oportunidad. Asistimos de público a nuestra propia función. Y cuando, de repente, vemos bajar el telón, a veces, caemos en la cuenta de que el éxito o el fracaso ya no tienen remedio. 







LO QUE ERA.

 

            Acaba la vida en cualquier momento

            de vida llena

            y apenas puedes recordar

            el sabor del viento helado

            que cubre tu cuerpo ahora.

 

            Se apagó la luz que nunca miraste,

cuyo calor resbala entre tus miembros

vestidos de carne tosca,

servil, ajada....

a lo ajeno encadenada.

 

Apenas reparó el mundo en nosotros

cuando ya no nos recuerda.

Sólo queda el presente ausente.

            Sólo queda lo que era 

jueves, 31 de diciembre de 2020

 Líquido, fluye.

Es y está.

Lo mismo que ayer y que siempre.

En movimiento constante.

Cada llamado "instante"

es el mismo y único a la vez.

Cada fin de etapa 

un intermedio, un preludio

atrapado en una pupila...una epopeya tan efímera y gloriosa

como el hojaldre en el paladar. 


Baila conmigo un fin de año más

como si fuera para siempre.

 Porque lo que es lo será, aunque ya no nos miremos.

 


lunes, 7 de diciembre de 2020

Fantasmas y utopías

     Mirar el pasado para entender el presente es un necesario ejercicio de sensatez. Pensar, por un momento, dónde estamos, de dónde venimos y por qué caminos llegamos hasta aquí da sentido a nuestra existencia.  Pero construir el presente con la vista puesta en el pasado es no aceptar lo inevitable. 

    El río heraclíteo arrastra en su continuo fluir los rincones más escondidos de la realidad consciente. Y aunque, en cierta forma, somos esos hombres de anteayer, nos tocó ocupar otro asiento en el tren desde el que las luces de la ciudad antigua proyectan gigantes sombras acechantes encaramadas a la espalda de melancólicos edificios de una belleza eterna. 

    Echarse a andar huyendo de esos oscuros gigantes nos ocultará tanto el presente como la admiración ciega hacia la belleza inaccesible de lo pasado. 

lunes, 30 de noviembre de 2020

UNO

 





                                            Yo soy un otro y sin otro no soy yo. 

                                            Si no me ocupo del otro, me abandono. 

                                            Si no me cuido, al otro descuido.

domingo, 15 de noviembre de 2020

Un poquito de suerte


 

    La suerte del hombre acaba el día que nace y en el lugar que pace por primera vez. Eso es lo que le ha tocado. A partir de ese momento, en su doble dimensión, individual y social, su fortuna consistirá en hacerse a sí mismo modelando el juego de la existencia.

                Si se reconoce como un igual entre otros, remendará los descosidos que la ley de lo necesario impone. Si se descubre como un elegido por la providencia, aprovechará esos nudos y agujeros para otear el horizonte y ver a otros caer.

                No hay otros planes para este viaje que salir al alba del hogar de nuestros padres con la única certeza de que nos espera el descanso eterno. Es por eso que, aunque al final la fatiga y el dolor, la soledad o el miedo nos puedan hacer desear el reposo, lo esencial está en el camino.

                Y ese camino que andamos sobre nuestros pies es un camino solitario y acompañado, áspero, estremecedor, cálido, árido, oscuro, iluminado por soles, lunas, luces de ciudad. Un camino transitado a la vez por muchos, por unos pocos o por nadie. Un camino  ya rodado, a veces inundado por las aguas que salieron de su cauce, invadido por hordas de seres que se precipitan en otra dirección. Un camino benigno, ordenado, una vereda arropada por su roquedal tras el que se extienden los verdes prados, los campos de labor.

                Caminante, ya hay caminos y se hace camino al andar.

                El hombre de hoy hace mucho dejó de ser Adán en el paraíso, el precursor de toda senda, el inventor de la Historia. Yo, tú, nosotros fuimos paridos en las carreteras, las  avenidas, las autopistas de nuestro siglo. Con sus peraltes, sus curvas y desniveles. Podemos simplemente caminar disfrutando del paisaje. Podemos apretar el paso o demorarnos para aprovechar mejor el hueco o salvar el bache. Podemos dejar pasar o tomar un desvío o, incluso, empujar al otro y subirnos a su espalda para aliviar nuestros pies.  Pero no podemos, no debemos olvidar de dónde salimos y cuál es nuestro destino. Que fuimos hijos de un momento, alumbrados en las cuevas, los bosques, las chozas, el barro maloliente de las riberas, las altas camas con dosel, los autobuses, los hospitales. Que la única suerte que tuvimos fue la de disfrutar o torturarnos con la idea de que tenemos que elegir cómo andar el camino. Y que de esa elección dependerá el sentido de nuestra existencia.

lunes, 2 de noviembre de 2020

¿Cuánto vale la mente de un niño?


 

                Los paseos por el campo ponen en evidencia la abismal diferencia ontológica entre el “ello” y el “tú”. Una diferencia que se expresa vivamente en la comunicación y en la base de esta, el trato.

                Por su esencia no es lo mismo, ni puede serlo, tratar con cosas (“ello”), que con personas (“tú”). El trato con la persona es de escucha y habla. El otro yo, como ser autónomo, es  un fin en sí mismo y tiene una perspectiva única que, cuando interactúa con la mía, ha de ser afrontada en forma de diálogo.

                El diálogo es la asunción de la necesidad de ver al otro, de tenerlo en cuenta, de respetarlo y escucharlo evitando dominar su discurso con prejuicios que, inevitablemente, estarán ahí, conformando nuestra previa, cultural e instantánea manera de interpretar el mundo. Y este trato ha de extenderse, si queremos que el ser humano se desarrolle lo más plenamente posible, a todos los órdenes de la vida: la persona como fin en el ocuparse, en el habla, en el trabajo, en la coexistencia y la convivencia. Y si hay una labor en la que este trato cobra suma importancia es en la educación. [1]

                Es el niño la máxima representación humana de la libertad aún no consciente de sí, el recipiente en el que la Historia de su tiempo vierte en forma de valores, conocimiento, costumbres, ideales y anhelos los ingredientes de la persona, de la sociedad futura.

                El maestro, el profesor, tiene en sus manos no ya a un sujeto, sino a un sujeto por hacer, lo que exige  una responsabilidad mayúscula.

                Soy responsable de y con algo (ello) cuando lo cuido, cuando actúo conforme a su naturaleza, y en ese “cuidar” lo ubico en el universo entero que lo rodea tomando en cuenta el propio objeto y el resto de coexistentes. El “cuidado” del objeto tiene en vista su uso, que es el imperativo existencial de las cosas. El “ser para”. Los objetos son siempre “otro para otro”, que lo percibe  o lo planea.

                Sin embargo, los niños son sujetos, nunca entendibles como un “para”, ya que su autonomía los aleja absolutamente del uso. Un niño es un fin en sí como persona pero, además, una tarea titánica para el maestro: la del acompañamiento en su crecimiento personal. Ese camino en el que la adquisición de conocimientos (intelectuales, emocionales) y estrategias van conformando la conciencia del mundo y del yo, la autoconciencia, sin la cual serían imposibles la autonomía y la elección personal que esconden la semilla de la libertad.

                La conciencia de uno mismo y de los demás como seres autónomos interrelacionados en la existencia propicia una imagen del mundo vital en el que estamos inmersos en cada caso, así como la concepción de un universo de posibilidades futuribles o fantásticas (a veces la utopía es un futurible). El marco que encuadra tal imagen constituye el límite de nuestra libertad. De ahí el valor de la acción magistral.

                El magister, el profesor o enseñante tiene en sus manos una varita mágica y un enorme cajón de potenciales, que son sus alumnos. Cada uno de ellos diferente. Todos humanos.

                La profesión docente requiere un amor profundo a la persona y a la humanidad, porque solo desde ese amor es posible mantener el esfuerzo y la ilusión que mueven cada día el diálogo profesor-alumno. La vocación  se colma, entonces,  en el desarrollo personal del alumno, de las generaciones de alumnos, de la sociedad en crecimiento, de la Historia. El objeto de la misma es el sujeto en desarrollo. De ahí que el llamado a la docencia vea cumplido su destino en la docencia misma. De tal manera que ella se convierte también en un fin, y no en un sustituto de lo que  no pudo haber sido o en un simple medio para sobrevivir.

                Por eso pido a todos aquellos que en algún momento se plantearon dedicarse a la enseñanza, valoren a esta en toda su inmensidad. Y con ella ante los ojos, con una mirada desinteresada y responsable, se empleen en la tarea de discernir medios y fines. No sea que, equivocando unos y otros, acaben usando personas para llenar panzas, devorando el futuro en un menú para niños.



 

               



[1] Me refiero a la enseñanza primaria, secundaria y bachillerato en primera instancia, sin excluir a cualquier otra

DIEZ RAZONES POR LAS QUE LA LECTURA DE ORTEGA Y GASSET ES IMPRESCINDICBLE (PARTE II)

                      I.             Porque devolvió al ciudadano la responsabilidad que comparte con los políticos (al menos en democracia)...