La suerte del hombre acaba el día que nace y en el lugar que pace por primera vez. Eso es lo que le ha tocado. A partir de ese momento, en su doble dimensión, individual y social, su fortuna consistirá en hacerse a sí mismo modelando el juego de la existencia.
Si se reconoce como un igual entre otros, remendará los descosidos que la ley de lo necesario impone. Si se descubre como un elegido por la providencia, aprovechará esos nudos y agujeros para otear el horizonte y ver a otros caer.
No hay otros planes para este viaje que salir al alba del hogar de nuestros padres con la única certeza de que nos espera el descanso eterno. Es por eso que, aunque al final la fatiga y el dolor, la soledad o el miedo nos puedan hacer desear el reposo, lo esencial está en el camino.
Y ese camino que andamos sobre nuestros pies es un camino solitario y acompañado, áspero, estremecedor, cálido, árido, oscuro, iluminado por soles, lunas, luces de ciudad. Un camino transitado a la vez por muchos, por unos pocos o por nadie. Un camino ya rodado, a veces inundado por las aguas que salieron de su cauce, invadido por hordas de seres que se precipitan en otra dirección. Un camino benigno, ordenado, una vereda arropada por su roquedal tras el que se extienden los verdes prados, los campos de labor.
Caminante, ya hay caminos y se hace camino al andar.
El hombre de hoy hace mucho dejó de ser Adán en el paraíso, el precursor de toda senda, el inventor de la Historia. Yo, tú, nosotros fuimos paridos en las carreteras, las avenidas, las autopistas de nuestro siglo. Con sus peraltes, sus curvas y desniveles. Podemos simplemente caminar disfrutando del paisaje. Podemos apretar el paso o demorarnos para aprovechar mejor el hueco o salvar el bache. Podemos dejar pasar o tomar un desvío o, incluso, empujar al otro y subirnos a su espalda para aliviar nuestros pies. Pero no podemos, no debemos olvidar de dónde salimos y cuál es nuestro destino. Que fuimos hijos de un momento, alumbrados en las cuevas, los bosques, las chozas, el barro maloliente de las riberas, las altas camas con dosel, los autobuses, los hospitales. Que la única suerte que tuvimos fue la de disfrutar o torturarnos con la idea de que tenemos que elegir cómo andar el camino. Y que de esa elección dependerá el sentido de nuestra existencia.
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