Mirar el pasado para entender el presente es un necesario ejercicio de sensatez. Pensar, por un momento, dónde estamos, de dónde venimos y por qué caminos llegamos hasta aquí da sentido a nuestra existencia. Pero construir el presente con la vista puesta en el pasado es no aceptar lo inevitable.
El río heraclíteo arrastra en su continuo fluir los rincones más escondidos de la realidad consciente. Y aunque, en cierta forma, somos esos hombres de anteayer, nos tocó ocupar otro asiento en el tren desde el que las luces de la ciudad antigua proyectan gigantes sombras acechantes encaramadas a la espalda de melancólicos edificios de una belleza eterna.
Echarse a andar huyendo de esos oscuros gigantes nos ocultará tanto el presente como la admiración ciega hacia la belleza inaccesible de lo pasado.
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