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martes, 1 de junio de 2021

Más allá del más acá



 La trascendencia hunde sus raíces en los sueños de los niños. Los miedos, las fantasías, el desdoblamiento del mundo circundante no son sino la intuición de que lo que se nos presenta, oculta. De que hay algo, aún inimaginable, más allá. De que la vida se puede expandir hasta límites invisibles. De que el monstruo de la muerte está siempre al acecho. El sentido, el fin, la causa, las formas, las posibilidades, el bien y tantos otros conceptos metafísicos son las señales más claras del anquilosamiento de la infancia de un ser encadenado al más allá.



                                                                    OKI


        Este cuento, que no es un cuento chino, narra una parte, la más importante de las partes, de la historia del príncipe Oki. Trata de cómo el príncipe recobró la admiración de sus súbditos y ganó la más terrible de las batallas a las que nunca se enfrentó.

            Cuando el príncipe Oki tenía cinco años ya era príncipe. Y eso era mucho para tener cinco años. Bueno, su hermana era más joven y era princesa. Pero había una diferencia. En aquel entonces las princesas nunca serían reinas; por el contrario, Oki estaba llamado a ser el rey de su mundo.

            Desde que nació, todo el universo lo sabía, pero no lo admiraban y lo querían sólo por eso. Oki era especial. Conocía muchas cosas interesantes, hablaba otras lenguas, le interesaba su mundo y se hacía muchas preguntas sobre él. No sólo era un príncipe, sino que además el pueblo y sus padres sabían que era una personita sabia y sensible. Por eso tenían grandes esperanzas puestas en él, le querían y le admiraban. Sin embargo, había algo que entristecía a los padres de Oki y hacía dudar al pueblo de su capacidad para gobernar.

            Oki tenía miedo.

            No es que temiera a cosas concretas, como las ocas del estanque o los cañonazos de las festividades. Oki temía los largos pasillos solitarios, las profundas bodegas donde rebotaba el eco. Le hacía temblar la soledad de su cama principesca, su enorme cuarto. No podía jugar al escondite con su hermana y sus amigos porque no podía soportar alejarse de los demás hacia un escondrijo y, por supuesto, nunca, bajo ningún concepto, había salido solo al patio, ni a las caballerizas, ni al jardín...de noche.

            Lo pajes, los hijos de los nobles y todos los niños del castillo conocían el miedo del príncipe y se reían de su futuro rey cuando él no estaba.

            Los reyes, a pesar de estar muy ocupados con los asuntos del mundo, se esforzaban para que Oki dejara de tener miedo. Incluso contrataron a los sabios y magos más famosos que, sin conseguir absolutamente nada, marchaban del castillo desolados y con la fama arruinada.

            Sólo había una persona en el castillo que no sufría por Oki. Algunos pensaban que su despreocupación era el reflejo de su infantilidad. Otros creían más bien que la princesita Dafne intentaba demostrar su valentía para destronar a su hermano. Todos se equivocaban.

            La princesa Dafne, que desde que nació supo que no iba a ser reina, conocía sin embargo el gran secreto que salvaría a su hermano. Eso hacía que no tuviera miedo. Eso hacía que confiara en él.

            Una mañana cualquiera de un día cualquiera Dafne visitó a Oki en sus aposentos. Pidió quedarse sola para jugar con él y le propuso un nuevo juego. “El juego de los duendes casi invisibles” era un juego que el príncipe ignoraba. Dafne le prometió que se lo pasarían muy bien y que, al final del juego, nunca más tendría miedo. Pero antes, durante una mañana, una tarde y una noche tendría que confiar en ella.

            El pequeño príncipe cogió la mano de la aún más pequeña princesa. Ya lo había hecho otras veces y ella le había ayudado a huir del miedo, así que no se lo pensó dos veces y la siguió.

            Dafne traspasó la enorme puerta del dormitorio, que se había abierto en medio de un terrorífico chirrido, explicando a su hermano que aquella puerta tan vieja tenía muchas cosquillas y que, cuando se la tocaba, reía de esa manera tan graciosa. “Cuando era joven aguantaba más la risa, pero ahora que es vieja ríe sin vergüenza, como la abuela”- apuntó Dafne.

            La puerta les llevó al pasillo, en el que Dafne encontró rayos de sol, algunos pájaros de colores cantando, la brisa con olor a jazmín, baldosas resquebrajadas que escondían curiosos bichillos, armaduras relucientes para disfrazare de guerrero y muchas, muchas cosas preciosas que Oki nunca había visto porque no las había mirado.

            Casi nunca había salido solo de su cuarto por miedo y, cuando lo había hecho, había corrido tanto por la galería huyendo de lo que creía que podía haber que nunca supo apreciar lo que había realmente.

            Recorrieron las cocinas, los patios de armas, las caballerizas, la iglesia, los jardines...y en todos ellos encontraron cosas maravillosas.

            Al atardecer sintió cómo la manita cálida y firme de su hermana le apretaba los dedos para asegurarse de que no escapaba. Horrorizado y boquiabierto se dispuso a seguirla escalera abajo hacia la cada vez más oscura y fría bodega. Dafne se había olvidado de coger la antorcha. Quizá nunca hubiera estado allí y no sabía que en los fondos del castillo no entraba ni un mísero haz de luz. ¿Por qué se habría fiado de ella? Era demasiado pequeña e ignorante.

            Pese a todo, aquella niña seguía arrastrándolo escaleras abajo sin  tropiezos, sin dudas, sin miedo. Entonces ella se giró, le pidió que mirara al fondo, a la oscuridad más absoluta y que le dijera qué había allí. El príncipe confió de nuevo en su hermana y del interior de la pared más oscura vio surgir una hilera de duendecillos que lentamente iluminaban aquel espacio interior.

            Los duendes reían y jugaban a esconderse entre las barricas, las columnas, los pellejos de vino, las enormísimas telarañas de cristal. Dafne corrió tras ellos arrastrando a su hermano. Jugaron sin contar el tiempo hasta que los duendes se dejaron de esconder. Subieron las escaleras moviéndose como luciérnagas veloces. Subieron y subieron hasta llegar a la última torre. La torre imponente vigía.

            Los príncipes seguían hipnotizados sin notar cómo sus pequeños corazones bailaban al son de las luces voladoras. Al abrir la última puerta, los duendes salieron disparados hacia el cielo quedando pegados en la bóveda azul. Azul oscura. Casi negra. Desde allí iluminaban los campos, el castillo, el bosque y, por supuesto, a Dafne. A través de su enorme sonrisa la princesita valiente explicó a su hermano, el ya futuro rey, que aquellos duendes estaban en todos los sitios alumbrando las cosas buenas. Si uno confiaba en ellos los podía ver y ellos le alejarían de la oscuridad. La oscuridad y la soledad que tanto temía Oki. La oscuridad y la soledad que Dafne nunca conoció.

            A partir de aquel día, el príncipe Oki subió cada noche a mirar las estrellas desde la gran torre vigía. Los días de lluvia veía bajar las resplandecientes gotitas hasta el suelo, colándose por las bodegas para jugar. Ya no tenía miedo. Ya nadie volvió a desconfiar de su capacidad para gobernar. Y en lo que duró su reinado todos fueron felices y comieron montañas de Lacasitos.




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