Los paseos por el campo ponen en evidencia la abismal diferencia ontológica entre el “ello” y el “tú”. Una diferencia que se expresa vivamente en la comunicación y en la base de esta, el trato.
Por su esencia no es lo mismo, ni puede serlo, tratar con cosas (“ello”), que con personas (“tú”). El trato con la persona es de escucha y habla. El otro yo, como ser autónomo, es un fin en sí mismo y tiene una perspectiva única que, cuando interactúa con la mía, ha de ser afrontada en forma de diálogo.
El diálogo es la asunción de la necesidad de ver al otro, de tenerlo en cuenta, de respetarlo y escucharlo evitando dominar su discurso con prejuicios que, inevitablemente, estarán ahí, conformando nuestra previa, cultural e instantánea manera de interpretar el mundo. Y este trato ha de extenderse, si queremos que el ser humano se desarrolle lo más plenamente posible, a todos los órdenes de la vida: la persona como fin en el ocuparse, en el habla, en el trabajo, en la coexistencia y la convivencia. Y si hay una labor en la que este trato cobra suma importancia es en la educación. [1]
Es el niño la máxima representación humana de la libertad aún no consciente de sí, el recipiente en el que la Historia de su tiempo vierte en forma de valores, conocimiento, costumbres, ideales y anhelos los ingredientes de la persona, de la sociedad futura.
El maestro, el profesor, tiene en sus manos no ya a un sujeto, sino a un sujeto por hacer, lo que exige una responsabilidad mayúscula.
Soy responsable de y con algo (ello) cuando lo cuido, cuando actúo conforme a su naturaleza, y en ese “cuidar” lo ubico en el universo entero que lo rodea tomando en cuenta el propio objeto y el resto de coexistentes. El “cuidado” del objeto tiene en vista su uso, que es el imperativo existencial de las cosas. El “ser para”. Los objetos son siempre “otro para otro”, que lo percibe o lo planea.
Sin embargo, los niños son sujetos, nunca entendibles como un “para”, ya que su autonomía los aleja absolutamente del uso. Un niño es un fin en sí como persona pero, además, una tarea titánica para el maestro: la del acompañamiento en su crecimiento personal. Ese camino en el que la adquisición de conocimientos (intelectuales, emocionales) y estrategias van conformando la conciencia del mundo y del yo, la autoconciencia, sin la cual serían imposibles la autonomía y la elección personal que esconden la semilla de la libertad.
La conciencia de uno mismo y de los demás como seres autónomos interrelacionados en la existencia propicia una imagen del mundo vital en el que estamos inmersos en cada caso, así como la concepción de un universo de posibilidades futuribles o fantásticas (a veces la utopía es un futurible). El marco que encuadra tal imagen constituye el límite de nuestra libertad. De ahí el valor de la acción magistral.
El magister, el profesor o enseñante tiene en sus manos una varita mágica y un enorme cajón de potenciales, que son sus alumnos. Cada uno de ellos diferente. Todos humanos.
La profesión docente requiere un amor profundo a la persona y a la humanidad, porque solo desde ese amor es posible mantener el esfuerzo y la ilusión que mueven cada día el diálogo profesor-alumno. La vocación se colma, entonces, en el desarrollo personal del alumno, de las generaciones de alumnos, de la sociedad en crecimiento, de la Historia. El objeto de la misma es el sujeto en desarrollo. De ahí que el llamado a la docencia vea cumplido su destino en la docencia misma. De tal manera que ella se convierte también en un fin, y no en un sustituto de lo que no pudo haber sido o en un simple medio para sobrevivir.
Por eso pido a todos aquellos que en algún momento se plantearon dedicarse a la enseñanza, valoren a esta en toda su inmensidad. Y con ella ante los ojos, con una mirada desinteresada y responsable, se empleen en la tarea de discernir medios y fines. No sea que, equivocando unos y otros, acaben usando personas para llenar panzas, devorando el futuro en un menú para niños.
[1] Me refiero a la enseñanza primaria, secundaria y bachillerato en primera instancia, sin excluir a cualquier otra
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