Imaginémonos por un momento que a la puerta de nuestra casa llamara un amable personaje que se ofreciera a informarnos sobre algo sumamente importante. Su rostro muestra, no obstante, cierta preocupación. Supongamos, además, que damos cierta confianza a su persona, bien porque lo conocemos o porque alguien de nuestro círculo nos habló de él positivamente.
Pongamos que además de las puertas de nuestra casa, de nuestro teléfono o dispositivo digital le abrimos las puertas de nuestra mente y nuestro corazón concediéndole un espacio de escucha y un tiempo robado a otra actividad que bien podría ser de alteración o de ensimismamiento.
Supongamos que, al poco de comenzar su monólogo es interrumpido por un vecino que pasa saludando y comentando un chascarrillo. Pueden sustituir esa presencia por un mensaje de wassap, un correo electrónico o la señal de que ha recibido una llamada de su mejor amigo.
Han pasado apenas treinta segundos, pero entre el voy y vengo dispersamos nuestra atención, intelectual y emocional, y volvemos a la primera conversación desde el recuerdo un tanto incierto de lo que ocurría antes de la primera interrupción.
Si en los diez minutos siguientes le suena una alarma para recordarle algo, sintiera el pinchazo de la prisa por sus quehaceres cotidianos o le asaltara el recuerdo de los informes que debían estar para hoy; si, además, una vecina le hiciera señas desde el ascensor para comentarle por lo bajini que no hiciera caso de aquel señor al que confié mi alma hace unos minutos porque en realidad es el alarmista amigo del del quinto, que lo que quiere es reformar el patio comunal porque así su cuñado gana unas perrillas…si eso ocurriera, ¿podría usted, tras analizar la situación en condiciones que lo permitan, afirmar que contaba con suficiente capacidad para adoptar una decisión autónoma, responsable, libre?
Teniendo en cuenta que las decisiones suponen una elección previa, una preferencia en función de una jerarquía de valores, y que esta, a su vez, para ser propia ha de venir precedida por el análisis de la situación en la que me encuentro, las posibilidades que se me ofrecen y las consecuencias de mi decisión, entonces, la toma de decisiones es el fruto de un proceso, de una cadena de acciones mentales que se expresan en un tiempo. O lo que es lo mismo, decidirse requiere tiempo porque exige la realización de una serie de actos que no pueden darse simultáneamente, sino que unos preceden necesariamente a otros, a los que dan lugar.
Simplemente, para decidir si quiero otorgar al señor que se planta ante mí el beneficio de la duda, de la escucha en vez de darle educadamente con la puerta en las narices, ya he tenido que valorar si su presencia es merecedora de mi atención y confianza. Posteriormente he de prestar atención a lo que se dice, al mensaje, entenderlo, asimilarlo, analizarlo, valorarlo y contrastarlo con la información de la que disponga o de la que pueda o desee disponer. Y, finalmente, podré considerar si la información es valiosa o no y si decido hacer algo al respecto.
Por supuesto, ni que decir tiene que este proceso puede alargarse o acortarse, complicarse o simplificarse según la persona y su circunstancia. Lo que sí es constante, en cualquier situación y para cualquier persona, es el tiempo; o el espacio de desarrollo del proceso.
Sin ese tiempo no podemos elegir propiamente (apropiándonos de nosotros), y seremos fácil pasto de manipulaciones varias, o bien la impaciencia y el cansancio, la euforia o la costumbre nos cerrarán las puertas a nuevas y mejores posibilidades. Haremos lo de siempre o lo de todos, lo de mi grupo o lo que no hacen los diferentes. Dejaré que elijan por mí.
Pues bien. Dejen de imaginar y describan una hora de un día cualquiera en la que en nuestro continuo elegir, no olviden que “estamos obligados a ser libres”, se inmiscuyen wassap de quince grupos diferentes que ejercen en nosotros presiones diversas, noticias de todo corte perfiladas y voceadas desde el filtro de diferentes ideologías que pretenden ser la única y verdadera; representaciones impactantes o evanescentes, directas al estómago o ultraprocesadas e inoculadas en el subconsciente acerca del bien, de la cura social, del enemigo más enemigo, del amigo de hoy, de lo que debo comprar. Superponiéndose, aplastándose, casi sin dejarse estar.
El nivel de saturación de cada espacio de tiempo es tal que difícilmente podemos asimilar toda la información que nos llega, que incluso deja de ser actualidad antes de que llegue a ser presente afianzado en nuestra conciencia. Parloteo constante, multifocal, pluridireccional, puesto en duda antes de tener la oportunidad de pensarlo como veraz. ¿Qué decisión puede salir de todo eso? Y si no somos, sino que nos hacemos en el camino que abren nuestros pasos, ¿Qué estamos haciendo de nosotros mismos? ¿Qué estamos siendo?
Tomémonos nuestro tiempo, no nos lo dejemos robar. Cerremos las puertas de nuestra mismidad de cuando en cuando; ensimismémonos, mimémonos, como persona; démonos garantías para serlo. Démonos un tiempo.
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