Mirar sin maravillarse ante lo
complejo que nos sobrepasa; sin sentirse heridos por la duda que alimenta los
márgenes entreabiertos de lo inaprehensible. Habitar sin ser atraídos a la
búsqueda de los códigos intuidos que subyacen a lo oculto, a lo aparentemente
azaroso. Asir cada pálpito de nuestra existencia en el eco del sinsentido. Nada
de eso nos es posible. Somos realidad, organismos que forman parte del
organismo que es siendo. Sometidos a la dialéctica del tiempo, de lo actual y
lo posible, de lo dado y lo afanado.
Entre el s IV aC y el XVIII-XIX
hay un hilo conductor que conecta dos filosofías a las que recomiendo dedicar
parte continua de nuestra existencia. Dos representaciones orgánicas de ese
siendo. Móviles a la par que estáticas, abiertas y flexibles dentro de un
esquema lógico muy similar. Aristóteles y Hegel, pivotando sobre sus potencias,
ideas, actos, relaciones, absoluto, teleología, dialéctica…tejen una red que
abriga los huecos de nuestra existencia. El paralelismo en los ejes sobre los
que giran sus filosofías es tal que a veces el Absoluto hegeliano nos parece la
representación más fiel del Acto aristotélico y la Filosofía de la Historia Universal
la obra que Aristóteles habría deseado escribir de haber vivido muchos siglos
más allá.
Pese a las naturales diferencias
que impone el contexto, en lo esencial dibujan el ser en su movimiento interno,
parte del cual se nos desvela lógicamente atrapado en la palabra, que pone voz
a lo real a través de la conciencia del objeto y la autoconciencia del sujeto
pensante, que no es más que la realidad que se piensa a sí misma.
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