“El universo resulta de la operación abstractiva, que no es
otra cosa que una especie de ficción” Guillermo de Ockham
“Nada existe. Si algo existiera, no
podría ser conocido por el hombre. Si algo existente pudiera ser conocido, sería
imposible expresarlo con el lenguaje a otro hombre” Gorgias
Los
sábados se empleaba a fondo con el diccionario. Un diccionario enciclopédico
que atesoraba el mundo en 11 volúmenes. Todo el saber, toda la realidad
recogida, quieta, esperándole en el salón de las visitas. Las mañanas de los
sábados, atemporales, representaban una promesa
de salvación. Para Isabel, la salvación del tedio, de la inseguridad, de
la ignorancia, del miedo al fracaso. Para la realidad, la cura del equívoco, de la falsedad, del
disfraz de los prejuicios…la clave de la reconstrucción, el renacimiento. Si
conseguía amueblar su cerebro con esos once volúmenes tendría la réplica exacta
del mundo, cada cosa en su lugar en un balance perfecto regido por la batuta de
las preposiciones, los adverbios y los signos de puntuación. En ese momento
dichoso agarraría su bíblico maletín de médico rural y saldría a sanar el
mundo.
-“Abitáceo”: Bot. Se dice de los
árboles gimnospermos bastante ramificados, con hiojas persistentes de limbo muy
estrecho y aun articular, flores asexuales monoicas, las masculinas reunidas en
amentos y las femeninas en estróbilos. .Este tipo de palabras producían en
Isabel una sensación extraña, mezcla de impaciencia y entusiasmo. “Abitáceo”
escondía un regalo, un nuevo acontecer que venía a completar el mundo ignoto,
pero requería un recorrido indirecto con paradas en “ gimnosperma”, “limbo”,
“monoicas”, “amentos” y “estróbilos”, bastante alejado del directo “abejorro”
que había conocido el fin de semana anterior.
Si alguien le hubiera preguntado
el significado de cualquier palabra de la “a” hasta ”abitáceo” no hubiera
dudado un ápice. Estaba segura de dominar ese pequeño retal. El magnífico pero,
por supuesto, limitado, perfectamente limitado puzle de palabras que definía el
mundo.
Una vez consumó el sacrificio y
alimentó su espíritu con esta nueva palabra ubicó a “abitáceo” en el estante de
las palabras inocuas, las inocentes que no tienen sabor, color ni textura. Para
Isabel era una palabra “boba”. Se había tomado la molestia de adelantar el
significado de ese término y sí, encajaba a la perfección. “Abitáceo” era
realmente candorosa.
En los primeros tiempos de su vocación
salvadora Isabel no había caído en esa distinción, la de las palabras bobas.
Las imaginaba a todas inocentes, transparentes, traductoras, ecuánimes y
bienintencionadas. Hasta que sintió aquella punzada en su tripa encogida por el
desasosiego. Algunas palabras le olían a pan caliente, a jazmín, a lascas de
madera recién descarnadas del lapicero. “Callejón” sonaba a vencejos y “verano”
sabía a labios apenas rozados al resguardo del pozo del huerto. Había palabras
pesadas como bolas de cañón, que se hinchaban en el estómago empujando el aire
de los pulmones en una agonía ascendente. Había palabras cantoras y
tintineantes que cabían en el aroma de una pastilla de regaliz.
Poco a poco fue descubriendo
Isabel que no había palabras inocentes y se le fue cubriendo el alma de una
oscuridad desesperada. En cada una veía un desde y un para, un mundo figurado. Un
sentido, una dirección, una prótesis, un roto, una ausencia natural. En cada
punto una huída, en cada coma avidez, en todos ellos artificio. Y se fue
desdibujando Isabel en un mundo destrozado por el galimatías hipertrofiado de
las letras.
Le hubiera gustado poder elegir
otro final. Uno donde complacerse en la estremecedora inconsistencia de lo real
que nos desvela la pérdida de la inocencia.