Nacida de una necesidad concreta, de la toma de conciencia de una situación particular, se toma la ideología como estructura fija, inflexible, inadaptable a los nuevos tiempos, al fluyente existir. Deja así de asistir al hombre en su problemática vida, que se abre ante sus ojos, sus oídos, su hambre, su exaltada alegría en múltiple apariencia, para encerrarlo frente a ella, dejándolo tan solo percibir a través de un color, un himno, una bandera, una baraja de conceptos con valores predeterminados para personajes que, de añejos, han pedido el pulso y la tensión de la humanidad. Así, la ideología, que inicialmente pudiera mover la historia hacia una elevación humanitaria con la fuerza de las tripas y el corazón que se aferran a un futuro mejor desde un presente sumido en la nada; así, decía, la ideología se acartona, se envilece o es envilecida, transformada en un dogma inútil a la vida en fuga, en apertura constante. Elevada, desde esta futilidad existencial, a dogma de partido, ya tan solo le queda ser arrojada contra otros hombres, contra los hombres mismos, en una absurda autodestrucción.
Foto: Cementerio alemán de Cuacos de Yuste.
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