Tiene
la filosofía fama de extraña; fama de la
que no se libran, por consiguiente, los que, de una manera u otra, se
relacionan con ella. Ya saben que el
”dime con quién andas…” subió de nivel cuando pasó de refrán a criterio
universal de apreciación.
Desde
que en mi más ingenua adolescencia manifesté la intención de estudiar Filosofía
sentí que los demás entendían que estaba próximo mi ingreso en un frenopático,
en el hospicio de los lunáticos (hermosa palabra que aúlla anhelos); en fin,
que en vez de amarrarme a la tierra como hacían mis compañeros de instituto
sumándose a los estudiosos de leyes, edificios, lenguas o números, a mí se me
iban despegando los pies de la geografía dejando un desparrame de tierra
embarrada donde otrora hubiera raíces.
Ese,
a mi juicio, error fatal, me ha acompañado ya desde entonces y pienso que es
una de las razones por las que la filosofía carga con un estigma repelente que
le hace mucho mal. Que nos hace mucho mal a todos. La enajenación, la huída de
lo real, la muerte en vida, la fantasmagoría o la inutilidad no son, desde
luego, mochilas que un viajero quiera cargar. Y si hablamos de viajes, no hay
ninguno más importante que el vivir.
Posiblemente,
el propio lenguaje utilizado, la estructura expositiva o el nivel de
abstracción que alcanzan algunas obras
filosóficas den la impresión de lejanía. Incluso podría añadir que en
algunos casos esa oscuridad que envuelve y hace inaccesible al filósofo ha sido
plenamente buscada. Pero estoy firmemente convencida de que la filosofía es, y
no puede ser de otra manera por su origen y naturaleza, vital y cotidiana.
Aunque
la confirmación expresa de esa intuición me llegó con Ortega y Gasset o
Nietzsche, fue en los presocráticos donde por primera vez me fue revelada. ¿Qué
hay más cotidiano que mirar las estrellas una noche de verano, que preparar la
tierra para enterrar la semilla que será sustento y alimento para los sentidos?
¿Qué más natural que fijar la mirada en el fluir del agua fresca del río que te
abraza liberándote del calor mientras sientes que la tierra sigue bajo tus pies
y que algo en ti te dice que sigues siendo un ser que piensa pero que ya no
eres el mismo de antes?
Suelo
incluir en mis clases un apartado, un “entre paréntesis”, que llamé “Filosofía
de andar por casa” en un derroche de espontaneidad que no lo era tanto. En
realidad no es más que un título placebo, un “quitamiedos” para desmontar el
tedio o el temor que lo considerado como extraordinario o antinatural puede
hacer brotar en los alumnos. Porque lo que deseo es que la vean como lo que es,
lo más natural y ordinario.
La filosofía surge de la duda, de las necesidades, las angustias, el
inconformismo, la admiración, el amor, la piedad. Surge, por ejemplo, en Sócrates, “el tábano de Atenas”, de la
disconformidad con la sociedad de su tiempo y con vocación pedagógica,
entendiendo que solo enseñando a pensar por uno mismo, educando, lograremos ciudadanos
virtuosos. Atrapa a Platón definitivamente en medio de la agonía por la muerte
de su maestro a manos de lo que él consideraba una banda de malhechores
estúpidos e incompetentes, manipuladores sin escrúpulos que campaban a sus
anchas entre ciudadanos ciegos.
Ese
mismo encontronazo con la vida se oculta bajo la filosofía desde Séneca a
Wittgenstein. Desde sus orígenes hasta hoy, los filósofos, ocupados en la
verdad, el bien, la justicia, la posibilidad de conocer, comunicar o dialogar,
el sentido, la inmanencia o la trascendencia no han hecho más que pensar la
vida que les picaba en las costillas.
Quizá
ahí esté el matiz, la diferencia, el punto de extrañeza. En pensar la vida, la
realidad, una y otra vez. Sin descanso, sin complacencias, sin tregua. Y quizá
por eso hoy nos parece tan extraña pero a la vez tan necesaria la filosofía.
Vivir
la realidad humanamente es pensarla, intentar ubicarse en el entorno vital,
elegir el paso siguiente desde la reflexión sobre la perspectiva del momento,
cambiar el sentido de la marcha si es necesario o si, simplemente, consideramos
la posibilidad de explorar otros contornos. Y ¿qué, si no eso, constituye el
filosofar?