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domingo, 30 de agosto de 2020

Fugaces


 

Los seres humanos deberíamos caer en la cuenta de vez en cuando de que somos una minúscula presencia en el universo, macro y microscópico. Que nuestro conocimiento no es más que el espejo en el que miramos nuestras sensaciones vitales y que no podemos sustraernos a la fuerza, al orden del todo del que formamos parte.

                Y si lo hacemos caemos presos de la mentira de nuestra propia conciencia, de lo que llamamos “yo”, esa caja de recuerdos, de fabulaciones, de imágenes parecidas, de retales modificados de presentes compilados. Ese yo ególatra y fantasioso se sueña dueño del mundo y evoca, en la cabeza de los muchos que formamos la humanidad, tiempos mejores en los que controlará todo, vivirá todo. Y lo vivirá siempre.

lunes, 24 de agosto de 2020

EL REVELADOR CAMINO DE LOS AGRADECIMIENTOS: MARCO AURELIO

 

               “1. De mi abuelo Vero: el buen carácter y la serenidad.

                2. De la reputación y memoria legadas por mi progenitor: el carácter discreto y viril.

                3. De mi madre: el respeto a los dioses, la generosidad…”

                Y así continúa hasta 17 puntos Marco Aurelio, ocupando todo el Libro I de sus Meditaciones en un ejercicio de agradecimiento que honra a sus maestros e influencias, desde Junio Rústico, filósofo estoico y asesor personal del emperador, hasta los mismos dioses. Este reconocimiento ofrece al lector una información magnífica para entender y usar mejor de su filosofía y constituye un bello acto de justicia, tanto para aquellos de los que el filósofo tomó algo, como para el propio filósofo, que logra poner en su sitio sus propios pensamientos.

                Los agradecimientos sinceros requieren una toma de conciencia y exponen los mimbres con los que se tejió el pensamiento. Y, aunque muchos permanezcan ocultos al análisis consciente, conocerlos nos pone en perspectiva, nos impone una cierta distancia respecto a la última versión de nosotros mismos, dando a cada uno lo suyo y recibiendo apropiadamente lo que estamos dispuestos a recibir en cada caso.  

                No pensamos la vida. Son muchos los que la piensan a través de “nuestro ojo”; son nuestros ojos los que miran en la dirección que otros señalaron. Esos otros y nosotros, humanidad inmanente, unidos en un hilo de pensamiento que trasciende los momentos a través de la Historia, trabamos una conversación recurrente desde distintos puntos de vista. Es por ello por lo que nuestros diálogos con Parménides, Platón o B. Russell no solo son posibles, sino inquietantes y enriquecedores. Y lo serán más si buceamos en el contexto al que se deben (se comete bárbara injusticia cuando no se permite a un filósofo ser hombre de su tiempo, ya que se le hurtan dos condiciones indispensables a su naturaleza, la humanidad y la temporalidad), si accedemos a su lista de agradecimientos.

El estudio de la Historia de la Filosofía a través de sus protagonistas más insignes nos transporta a modelos de pensamiento distintos y privilegiados por su amplitud y profundidad, modelos que dejan una impronta indeleble de la que a veces no somos del todo conscientes cuando volvemos de esos mundos a nuestra parcelita terrenal. Sobre esos hombros de gigantes miramos, a través de la lente de nuestro tiempo histórico y personal, la vida en su discurrir, una vida que no nos es ajena, sino que  nos invade, nos requiere, nos impregna.

                Las Meditaciones de Marco Aurelio, se me antojan, en mi caso, un claro ejemplo. Escritas como diario personal por un emperador que, según los estudiosos de su persona, rehuía los fastos y la gloria tanto como los campos de batalla, nos brindan, desde el año 121,  una ventana abierta a la existencia, la vida, las tribulaciones. Estoico coherente, sufrió el dolor de la pérdida y cató la fugacidad de la vida desde muy pronto con la muerte de su padre, a la que siguieron las de su venerado abuelo, su mujer, siete de sus trece hijos (solo le sobrevivieron cuatro hijas y Cómodo)  e innumerables compañeros y amigos. A sus reflexiones humanas, demasiado humanas, sencillas y amables, agradezco mirar el firmamento admirando su inmensidad. Esa inmensidad que acoge y dispersa, que resta importancia a asuntos vanos y a la que pertenecemos por siempre. Esa misma a la que se asomaba en las noches de campaña, como la de 170-174, durante la cual escribió el siguiente texto en Carnunto, ciudad de Panonia, junto al Danubio.

                “El tiempo de la vida humana, un punto; su sustancia, fluyente; sus sensación, turbia; la composición del conjunto del cuerpo, fácilmente corruptible; su alma, una peonza; su forma, algo difícil de conjeturar; su fama, indescifrable. En pocas palabras: todo lo que pertenece al cuerpo, un río; sueño y vapor lo que es propio del alma; la vida, guerra y estancia en tierra extraña; la fama póstuma, olvido. ¿Qué, pues, puede darnos compañía? Única y exclusivamente la filosofía. Y esta consiste en preservar el guía interior, exento de ultrajes y de daño, dueño de placeres y penas, sin hacer nada al azar, sin valerse de la mentira ni de la hipocresía, al margen de lo que otro haga o deje de hacer; más aún, aceptando lo que acontece y se le asigna, como procediendo del lugar de donde él mismo ha venido. Y sobre todo, aguardando la muerte con pensamiento favorable, en la convicción de que ésta no es otra cosa que disolución de elementos de que está compuesto cada ser vivo. Y si para los mismos elementos nada temible hay en el hecho de que cada uno se transforme de continuo en otro, ¿por qué recelar de la transformación de todas las cosas? Pues esto es conforme a la naturaleza, y nada es malo si es conforme a la naturaleza”

martes, 18 de agosto de 2020

La Filosofía también tiembla

 



 

                Tiene la filosofía fama de extraña;  fama de la que no se libran, por consiguiente, los que, de una manera u otra, se relacionan con ella. Ya saben que el  ”dime con quién andas…” subió de nivel cuando pasó de refrán a criterio universal de apreciación.

                Desde que en mi más ingenua adolescencia manifesté la intención de estudiar Filosofía sentí que los demás entendían que estaba próximo mi ingreso en un frenopático, en el hospicio de los lunáticos (hermosa palabra que aúlla anhelos); en fin, que en vez de amarrarme a la tierra como hacían mis compañeros de instituto sumándose a los estudiosos de leyes, edificios, lenguas o números, a mí se me iban despegando los pies de la geografía dejando un desparrame de tierra embarrada donde otrora hubiera raíces.

                Ese, a mi juicio, error fatal, me ha acompañado ya desde entonces y pienso que es una de las razones por las que la filosofía carga con un estigma repelente que le hace mucho mal. Que nos hace mucho mal a todos. La enajenación, la huída de lo real, la muerte en vida, la fantasmagoría o la inutilidad no son, desde luego, mochilas que un viajero quiera cargar. Y si hablamos de viajes, no hay ninguno más importante que el vivir.

                Posiblemente, el propio lenguaje utilizado, la estructura expositiva o el nivel de abstracción que alcanzan algunas obras  filosóficas den la impresión de lejanía. Incluso podría añadir que en algunos casos esa oscuridad que envuelve y hace inaccesible al filósofo ha sido plenamente buscada. Pero estoy firmemente convencida de que la filosofía es, y no puede ser de otra manera por su origen y naturaleza, vital y cotidiana.

                Aunque la confirmación expresa de esa intuición me llegó con Ortega y Gasset o Nietzsche, fue en los presocráticos donde por primera vez me fue revelada. ¿Qué hay más cotidiano que mirar las estrellas una noche de verano, que preparar la tierra para enterrar la semilla que será sustento y alimento para los sentidos? ¿Qué más natural que fijar la mirada en el fluir del agua fresca del río que te abraza liberándote del calor mientras sientes que la tierra sigue bajo tus pies y que algo en ti te dice que sigues siendo un ser que piensa pero que ya no eres el mismo de antes?

                Suelo incluir en mis clases un apartado, un “entre paréntesis”, que llamé “Filosofía de andar por casa” en un derroche de espontaneidad que no lo era tanto. En realidad no es más que un título placebo, un “quitamiedos” para desmontar el tedio o el temor que lo considerado como extraordinario o antinatural puede hacer brotar en los alumnos. Porque lo que deseo es que la vean como lo que es, lo más natural y ordinario.

                La filosofía surge de la duda, de las necesidades, las angustias, el inconformismo, la admiración, el amor, la piedad. Surge, por ejemplo,  en Sócrates, “el tábano de Atenas”, de la disconformidad con la sociedad de su tiempo y con vocación pedagógica, entendiendo que solo enseñando a pensar por uno mismo, educando, lograremos ciudadanos virtuosos. Atrapa a Platón definitivamente en medio de la agonía por la muerte de su maestro a manos de lo que él consideraba una banda de malhechores estúpidos e incompetentes, manipuladores sin escrúpulos que campaban a sus anchas entre ciudadanos ciegos.

                               Ese mismo encontronazo con la vida se oculta bajo la filosofía desde Séneca a Wittgenstein. Desde sus orígenes hasta hoy, los filósofos, ocupados en la verdad, el bien, la justicia, la posibilidad de conocer, comunicar o dialogar, el sentido, la inmanencia o la trascendencia no han hecho más que pensar la vida que les picaba en las costillas.

                Quizá ahí esté el matiz, la diferencia, el punto de extrañeza. En pensar la vida, la realidad, una y otra vez. Sin descanso, sin complacencias, sin tregua. Y quizá por eso hoy nos parece tan extraña pero a la vez tan necesaria la filosofía. 

                Vivir la realidad humanamente es pensarla, intentar ubicarse en el entorno vital, elegir el paso siguiente desde la reflexión sobre la perspectiva del momento, cambiar el sentido de la marcha si es necesario o si, simplemente, consideramos la posibilidad de explorar otros contornos. Y ¿qué, si no eso, constituye el filosofar?

lunes, 17 de agosto de 2020

¿Qué hay de nuevo, viejo?

  Nada de lo que es trascendental en el ser humano es nuevo. Surgen diferentes maneras de expresar lo mismo fruto de la evolución de la conciencia, de la autoconciencia, de la interrelación yo- mundo, o yo-tú-ello. Las nociones o conceptos de realidad, verdad, sentido, unidad, bien, justicia, belleza, felicidad...surgen de lo más íntimo y genuino de la naturaleza humana y adquieren diversas formas en el tiempo, en la Historia. Pensar el presente es pensar el pasado y el fututro.

DIEZ RAZONES POR LAS QUE LA LECTURA DE ORTEGA Y GASSET ES IMPRESCINDICBLE (PARTE II)

                      I.             Porque devolvió al ciudadano la responsabilidad que comparte con los políticos (al menos en democracia)...