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lunes, 24 de agosto de 2020

EL REVELADOR CAMINO DE LOS AGRADECIMIENTOS: MARCO AURELIO

 

               “1. De mi abuelo Vero: el buen carácter y la serenidad.

                2. De la reputación y memoria legadas por mi progenitor: el carácter discreto y viril.

                3. De mi madre: el respeto a los dioses, la generosidad…”

                Y así continúa hasta 17 puntos Marco Aurelio, ocupando todo el Libro I de sus Meditaciones en un ejercicio de agradecimiento que honra a sus maestros e influencias, desde Junio Rústico, filósofo estoico y asesor personal del emperador, hasta los mismos dioses. Este reconocimiento ofrece al lector una información magnífica para entender y usar mejor de su filosofía y constituye un bello acto de justicia, tanto para aquellos de los que el filósofo tomó algo, como para el propio filósofo, que logra poner en su sitio sus propios pensamientos.

                Los agradecimientos sinceros requieren una toma de conciencia y exponen los mimbres con los que se tejió el pensamiento. Y, aunque muchos permanezcan ocultos al análisis consciente, conocerlos nos pone en perspectiva, nos impone una cierta distancia respecto a la última versión de nosotros mismos, dando a cada uno lo suyo y recibiendo apropiadamente lo que estamos dispuestos a recibir en cada caso.  

                No pensamos la vida. Son muchos los que la piensan a través de “nuestro ojo”; son nuestros ojos los que miran en la dirección que otros señalaron. Esos otros y nosotros, humanidad inmanente, unidos en un hilo de pensamiento que trasciende los momentos a través de la Historia, trabamos una conversación recurrente desde distintos puntos de vista. Es por ello por lo que nuestros diálogos con Parménides, Platón o B. Russell no solo son posibles, sino inquietantes y enriquecedores. Y lo serán más si buceamos en el contexto al que se deben (se comete bárbara injusticia cuando no se permite a un filósofo ser hombre de su tiempo, ya que se le hurtan dos condiciones indispensables a su naturaleza, la humanidad y la temporalidad), si accedemos a su lista de agradecimientos.

El estudio de la Historia de la Filosofía a través de sus protagonistas más insignes nos transporta a modelos de pensamiento distintos y privilegiados por su amplitud y profundidad, modelos que dejan una impronta indeleble de la que a veces no somos del todo conscientes cuando volvemos de esos mundos a nuestra parcelita terrenal. Sobre esos hombros de gigantes miramos, a través de la lente de nuestro tiempo histórico y personal, la vida en su discurrir, una vida que no nos es ajena, sino que  nos invade, nos requiere, nos impregna.

                Las Meditaciones de Marco Aurelio, se me antojan, en mi caso, un claro ejemplo. Escritas como diario personal por un emperador que, según los estudiosos de su persona, rehuía los fastos y la gloria tanto como los campos de batalla, nos brindan, desde el año 121,  una ventana abierta a la existencia, la vida, las tribulaciones. Estoico coherente, sufrió el dolor de la pérdida y cató la fugacidad de la vida desde muy pronto con la muerte de su padre, a la que siguieron las de su venerado abuelo, su mujer, siete de sus trece hijos (solo le sobrevivieron cuatro hijas y Cómodo)  e innumerables compañeros y amigos. A sus reflexiones humanas, demasiado humanas, sencillas y amables, agradezco mirar el firmamento admirando su inmensidad. Esa inmensidad que acoge y dispersa, que resta importancia a asuntos vanos y a la que pertenecemos por siempre. Esa misma a la que se asomaba en las noches de campaña, como la de 170-174, durante la cual escribió el siguiente texto en Carnunto, ciudad de Panonia, junto al Danubio.

                “El tiempo de la vida humana, un punto; su sustancia, fluyente; sus sensación, turbia; la composición del conjunto del cuerpo, fácilmente corruptible; su alma, una peonza; su forma, algo difícil de conjeturar; su fama, indescifrable. En pocas palabras: todo lo que pertenece al cuerpo, un río; sueño y vapor lo que es propio del alma; la vida, guerra y estancia en tierra extraña; la fama póstuma, olvido. ¿Qué, pues, puede darnos compañía? Única y exclusivamente la filosofía. Y esta consiste en preservar el guía interior, exento de ultrajes y de daño, dueño de placeres y penas, sin hacer nada al azar, sin valerse de la mentira ni de la hipocresía, al margen de lo que otro haga o deje de hacer; más aún, aceptando lo que acontece y se le asigna, como procediendo del lugar de donde él mismo ha venido. Y sobre todo, aguardando la muerte con pensamiento favorable, en la convicción de que ésta no es otra cosa que disolución de elementos de que está compuesto cada ser vivo. Y si para los mismos elementos nada temible hay en el hecho de que cada uno se transforme de continuo en otro, ¿por qué recelar de la transformación de todas las cosas? Pues esto es conforme a la naturaleza, y nada es malo si es conforme a la naturaleza”

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