La trascendencia hunde sus raíces en los sueños de los niños. Los miedos, las fantasías, el desdoblamiento del mundo circundante no son sino la intuición de que lo que se nos presenta, oculta. De que hay algo, aún inimaginable, más allá. De que la vida se puede expandir hasta límites invisibles. De que el monstruo de la muerte está siempre al acecho. El sentido, el fin, la causa, las formas, las posibilidades, el bien y tantos otros conceptos metafísicos son las señales más claras del anquilosamiento de la infancia de un ser encadenado al más allá.
OKI
Este cuento, que no es un cuento
chino, narra una parte, la más importante de las partes, de la historia del
príncipe Oki. Trata de cómo el príncipe recobró la admiración de sus súbditos y
ganó la más terrible de las batallas a las que nunca se enfrentó.
Cuando
el príncipe Oki tenía cinco años ya era príncipe. Y eso era mucho para tener
cinco años. Bueno, su hermana era más joven y era princesa. Pero había una
diferencia. En aquel entonces las princesas nunca serían reinas; por el
contrario, Oki estaba llamado a ser el rey de su mundo.
Desde
que nació, todo el universo lo sabía, pero no lo admiraban y lo querían sólo
por eso. Oki era especial. Conocía muchas cosas interesantes, hablaba otras
lenguas, le interesaba su mundo y se hacía muchas preguntas sobre él. No sólo
era un príncipe, sino que además el pueblo y sus padres sabían que era una
personita sabia y sensible. Por eso tenían grandes esperanzas puestas en él, le
querían y le admiraban. Sin embargo, había algo que entristecía a los padres de
Oki y hacía dudar al pueblo de su capacidad para gobernar.
Oki
tenía miedo.
No
es que temiera a cosas concretas, como las ocas del estanque o los cañonazos de
las festividades. Oki temía los largos pasillos solitarios, las profundas
bodegas donde rebotaba el eco. Le hacía temblar la soledad de su cama
principesca, su enorme cuarto. No podía jugar al escondite con su hermana y sus
amigos porque no podía soportar alejarse de los demás hacia un escondrijo y,
por supuesto, nunca, bajo ningún concepto, había salido solo al patio, ni a las
caballerizas, ni al jardín...de noche.
Lo
pajes, los hijos de los nobles y todos los niños del castillo conocían el miedo
del príncipe y se reían de su futuro rey cuando él no estaba.
Los
reyes, a pesar de estar muy ocupados con los asuntos del mundo, se esforzaban
para que Oki dejara de tener miedo. Incluso contrataron a los sabios y magos
más famosos que, sin conseguir absolutamente nada, marchaban del castillo
desolados y con la fama arruinada.
Sólo
había una persona en el castillo que no sufría por Oki. Algunos pensaban que su
despreocupación era el reflejo de su infantilidad. Otros creían más bien que la
princesita Dafne intentaba demostrar su valentía para destronar a su hermano.
Todos se equivocaban.
La
princesa Dafne, que desde que nació supo que no iba a ser reina, conocía sin
embargo el gran secreto que salvaría a su hermano. Eso hacía que no tuviera
miedo. Eso hacía que confiara en él.
Una
mañana cualquiera de un día cualquiera Dafne visitó a Oki en sus aposentos. Pidió
quedarse sola para jugar con él y le propuso un nuevo juego. “El juego de los
duendes casi invisibles” era un juego que el príncipe ignoraba. Dafne le
prometió que se lo pasarían muy bien y que, al final del juego, nunca más
tendría miedo. Pero antes, durante una mañana, una tarde y una noche tendría
que confiar en ella.
El
pequeño príncipe cogió la mano de la aún más pequeña princesa. Ya lo había
hecho otras veces y ella le había ayudado a huir del miedo, así que no se lo
pensó dos veces y la siguió.
Dafne
traspasó la enorme puerta del dormitorio, que se había abierto en medio de un
terrorífico chirrido, explicando a su hermano que aquella puerta tan vieja
tenía muchas cosquillas y que, cuando se la tocaba, reía de esa manera tan
graciosa. “Cuando era joven aguantaba más la risa, pero ahora que es vieja ríe
sin vergüenza, como la abuela”- apuntó Dafne.
La
puerta les llevó al pasillo, en el que Dafne encontró rayos de sol, algunos
pájaros de colores cantando, la brisa con olor a jazmín, baldosas resquebrajadas
que escondían curiosos bichillos, armaduras relucientes para disfrazare de
guerrero y muchas, muchas cosas preciosas que Oki nunca había visto porque no
las había mirado.
Casi
nunca había salido solo de su cuarto por miedo y, cuando lo había hecho, había
corrido tanto por la galería huyendo de lo que creía que podía haber que nunca
supo apreciar lo que había realmente.
Recorrieron
las cocinas, los patios de armas, las caballerizas, la iglesia, los
jardines...y en todos ellos encontraron cosas maravillosas.
Al
atardecer sintió cómo la manita cálida y firme de su hermana le apretaba los
dedos para asegurarse de que no escapaba. Horrorizado y boquiabierto se dispuso
a seguirla escalera abajo hacia la cada vez más oscura y fría bodega. Dafne se
había olvidado de coger la antorcha. Quizá nunca hubiera estado allí y no sabía
que en los fondos del castillo no entraba ni un mísero haz de luz. ¿Por qué se
habría fiado de ella? Era demasiado pequeña e ignorante.
Pese
a todo, aquella niña seguía arrastrándolo escaleras abajo sin tropiezos, sin dudas, sin miedo. Entonces
ella se giró, le pidió que mirara al fondo, a la oscuridad más absoluta y que
le dijera qué había allí. El príncipe confió de nuevo en su hermana y del
interior de la pared más oscura vio surgir una hilera de duendecillos que
lentamente iluminaban aquel espacio interior.
Los
duendes reían y jugaban a esconderse entre las barricas, las columnas, los
pellejos de vino, las enormísimas telarañas de cristal. Dafne corrió tras ellos
arrastrando a su hermano. Jugaron sin contar el tiempo hasta que los duendes se
dejaron de esconder. Subieron las escaleras moviéndose como luciérnagas
veloces. Subieron y subieron hasta llegar a la última torre. La torre imponente
vigía.
Los
príncipes seguían hipnotizados sin notar cómo sus pequeños corazones bailaban
al son de las luces voladoras. Al abrir la última puerta, los duendes salieron
disparados hacia el cielo quedando pegados en la bóveda azul. Azul oscura. Casi
negra. Desde allí iluminaban los campos, el castillo, el bosque y, por
supuesto, a Dafne. A través de su enorme sonrisa la princesita valiente explicó
a su hermano, el ya futuro rey, que aquellos duendes estaban en todos los
sitios alumbrando las cosas buenas. Si uno confiaba en ellos los podía ver y
ellos le alejarían de la oscuridad. La oscuridad y la soledad que tanto temía
Oki. La oscuridad y la soledad que Dafne nunca conoció.
A
partir de aquel día, el príncipe Oki subió cada noche a mirar las estrellas
desde la gran torre vigía. Los días de lluvia veía bajar las resplandecientes
gotitas hasta el suelo, colándose por las bodegas para jugar. Ya no tenía
miedo. Ya nadie volvió a desconfiar de su capacidad para gobernar. Y en lo que
duró su reinado todos fueron felices y comieron montañas de Lacasitos.
