La asunción de la perspectiva como foco de representación no equivale a la afirmación del escepticismo. Antes bien, con la aceptación del universo fenoménico como conjunto de mundos que aparecen a los sujetos en sus diferentes modos de aprehensión, asistimos a la constatación de que no es posible, ciertamente, conocer de una vez por todas y de modo estático el ser en todas sus manifestaciones, pero que en cada una se ofrece, se da, de alguna manera, al modo que el molde o perspectiva le impone.
El “more geometrico” cartesiano da a luz un mundo claro y perfilado que prescinde de la sinuosidad y el vértigo de la problemática representación propia de Nietzsche o Schopenhauer. El uso o la eficacia como criterio de verdad de la sociedad tecnológica compiten con la ingenua realidad lúdica del niño. Mas la existencia se muestra en todas, pues en todas se hace posible el desvelamiento, la aletheia.
Ortega, Descartes, Nietzsche, Parménides, Dogen y Hegel cobran sentido en esta común-unión. Es ahí donde el original “sin pensar”, dando un paso más acá del cogito cartesiano o del sujeto trascendental kantiano, pone entre paréntesis, en el más puro ejercicio de epojé fenomenológica, el acto mismo del pensar, enfrentando los infinitos universos que del torrente vital proporcionan los múltiples y variables puntos de vista.
La historia de la razón o la razón en la historia. La superposición de filosofías no deja tras de sí un rastro de frustración, sino la huella de los pasos que sintieron, gozaron y pensaron, de algún modo y para siempre, la existencia.