I.
Porque plantea temas trascendentales con
pinceladas maravillosas por su sencillez y valor: “La felicidad, ni se recibe
ni se plagia; es en cada individuo labor original y creadora.” Conferencia,
Hebe, 1918.
II.
Porque sus descripciones hiperrealistas nos
transportan a los olores y colores del campo español en el que se hunden
nuestras raíces: “Esto es una vertiente del patrio Guadarrama. Cae la tarde de
la jornada calurosa; el día desfallece y se rinde sobre la tierra inmensa. De
un arrollo se alzan vahos frescos benignamente. Los árboles, las bardas de los
corrales, los tejados de las casas chatas, los corvos montes arrojan fuera de
sí largas sombras, sombras desaforadas, sin mesura, que repiten en su silueta,
con interpretación burlona, el perfil de los objetos que proyectan. Mas como el
sol envía algunos rayos que se hieren en las aristas de las cosas de una manera
rosada, la caricatura de la campiña y de la aldea fingida por la hora adquieren un alma y una vibración de ternura. En la umbría de chaparros y en las
ondulantes rastrojeras vaga ese rumor de campo atardecido; los pájaros revuelan
de recogida buscando incesantemente las dormideras de otras noches. Las
codornices van solicitando en el seno de un surco la amapola del sueño. (…) Parece
que la vida va a detenerse. Poco después el alma del campo se ha sutilizado
tanto que mana toda ella por el cauce del canto de un grillo.” “Panteísmo”,
abril, 1909.
III.
Porque nos enseña a no avergonzarnos de nuestro
pasado intelectual, a construir sobre él cada paso, triturando y transformando
lo pensado en semilla de nuevos brotes filosóficos. Desde una fe en la verdad racionalista
a prueba de escépticos recalcitrantes, erigió Ortega el edificio del
raciovitalismo en el que integra al sedicente enemigo más feroz de los amantes
de la razón: F. Nietzsche: “lo que ocurre es que el fenómeno vital tiene dos
caras -la biológica y la espiritual- y está sometido, por tanto, a dos poderes
distintos que actúan sobre él. Como dos polos de atracción antagónica (…). La
nota esencial de la nueva sensibilidad es precisamente la decisión de no
olvidar nunca y en ningún orden que las funciones espirituales o de cultura son
también, y a la vez, funciones biológicas. Por lo tanto, que la cultura no
puede ser regida exclusivamente por sus leyes objetivas o transvitales, sino
que, a la vez, está sometida a las leyes de la vida.” “El doble
imperativo", en El tema de nuestro tiempo, 1923.
IV.
Porque nos recuerda que tan importante es tomar
conciencia del punto de vista desde el que miramos como saber abandonarlo.
Somos hijos de nuestro tiempo y aniquiladores del abrazo paternal que nos
anquilosa: “No; no se trata de aceptar nuestro tiempo sin más ni más. Todo lo
contrario. Cada “nuestro tiempo” trae consigo su norma y su enormidad, su
decálogo auténtico y su falsificación. De aquí que sea preciso hacer
constantemente la crítica de “nuestro tiempo” puro, traerlo de su falsificación
incesante a su esencial verdad, medirlo consigo mismo. Cuanto más seriamente se
acepte “nuestro tiempo”, mayor rigor se pondrá en no pactar con sus
defraudaciones. (…) El hombre creador, es decir, el que vive con autenticidad, conoce
los límites de su original verdad, y, por lo mismo, está sobre aviso, pronto a
abandonarla en el punto donde empieza a convertirse en falsedad” “Revés de
almanaque.”, El espectador, VIII
V.
Porque en 1919 fue capaz de definir el
socialismo como pocos, en aquella época y hoy en día, saben o quieren hacer: “Se
comete un error al definir el socialismo exclusivamente por su aspiración a la
reforma del derecho de propiedad, es decir, a que no exista más título
posesorio que el trabajo. (…) El socialismo quiere llegar a la socialización
del capital; pero, entiéndase bien, quiere llegar por medio de la democracia y
asegurando las libertades individuales. Dicho de otro modo, además de
socialista, es democrático y liberal. El Estado que proyecta no permite ninguna
dictadura y garantiza la libertad del ciudadano.” “Sindicación”, perteneciente
a “Ante el movimiento social”, 1919.