Recurrente, el cambio constante
en el ser permanente anuncia diversas y enlazadas teorías filosóficas. Lo vemos en Anaximandro de Mileto, que apostó por lo “áperion”, principio y razón que daba lugar al
nacimiento de las cosas existentes y al cual, al perecer, volvían. En Heráclito
y su movimiento continuo en forma de río, fuego, guerra…lucha sin tregua, pero
racional. En el siglo XIII, Dögen nos recuerda que “Este momento existencial
significa que cada momento es, en sí mismo, una existencia y que todas las
existencias son momentáneas”. Y en el XX, Karaki Junzo recoge el testigo de su
maestro en Impermanencia:
“Sin embargo, si concentramos por un
momento la mente en la impermanencia, no deberíamos olvidar la transitoriedad
del mundo y la precariedad de la vida humana”
“El tiempo de la impermanencia y del
cambio no discurre en un camino lineal y continuo hacia un punto fijo de
llegada, hacia un destino. La impermanencia del nacimiento y muerte, naciendo y
continuamente pasando, es el tiempo en su forma más desnuda. El tiempo
originalmente carece de objetivo, es discontinuo, nacimiento y muerte
instantánea, nacimiento instantáneo de fenómenos. Podemos decir que la forma
manifiesta del tiempo es la infinita repetición de cosas carentes de significado”
El
sentimiento de fugacidad que la constatación de lo efímero nos deja podría generar
una angustia vital paralizante. El movimiento parece hurtar el sentido a
nuestra existencia, sumiéndola en un frío nihilismo. Pero es la conciencia de
que ese movimiento constante en la existencia es su constitución, que no lleva
a ninguna parte más que a sí mismo en múltiples formas, lo que le devuelve el
significado al siendo.
Cada
acto, cada vivencia, es en su cambio, y forma parte del ser eternamente, dando
paso a otras manifestaciones de una existencia plena en la que fuimos, somos y
seremos, porque lo que es, no puede no ser.